sábado, 7 de mayo de 2011

¡Ha nacido Noemí!


                                                          Estimados amigos:
¡Ha nacido Noemí! Mi hija, mi querida hija. No ha sido una experiencia novedosa, porque ya es la segunda niña que tenemos. Pero sí ha sido una experiencia distinta, porque cuando Rut vino al mundo, al ser primerizos y estar especialmente nerviosos, no hubo mucha ocasión para la reflexión, mientras que en esta ocasión, el nacimiento de Noemí ha producido en mí varias reflexiones que me gustaría compartir con vosotros. Además, un amigo, el día que fue a visitar a Noemí al hospital, me dijo que ahora el blog se quedaría un tiempo inactivo. Es probable que tenga que ser así. No obstante la observación de mi amigo me hizo preguntarme: ¿por qué no escribir precisamente sobre este parto que hemos vivido? (por otro lado, parece que este amigo tiene el valor de seguir el blog, cosa que le agradezco: eso son amigos...) (sigue...)


        El parto fue difícil. En los primeros momentos, dado que dilataba muy rápido y casi sin dolor, se optó por no poner la epidural. Parecía que la niña nacería en breve y con poco esfuerzo. Pero poco después, la cabecita se dio la vuelta y se encajonó. Durante tres horas Luisa empujó con mucho dolor, gritando, llorando, casi perdiendo la esperanza en algún momento. Pero por más que Luisa empujaba, no lograba avanzar. Lo que parecía sencillo, se complicó. En el paritorio a las dos matronas se le añadieron la ginecóloga, dos enfermeras y dos auxiliares. Ante este despliegue yo empecé a asustarme un poco. Y cuando la ginecóloga dijo que esa niña no podía seguir ya más tiempo dentro de la madre, me angustié: ¿tendrán que hacerle la cesárea? ¿saldrá todo bien? Reconozco que soy un poco aprensivo, pero me dio un vuelco el corazón. Por un momento temí por la vida de Luisa y la de Noemí. Seguramente fue un temor del todo irracional (como la mayoría) y exagerado, pero es lo que sentí. Luego la ginecóloga, con gran profesionalidad, logró voltear la cabeza de la niña, se le administró a Luisa una pequeña anestesia local para relajar los músculos, y tras un último y titánico esfuerzo, nació. Me puse a llorar: alegría, alivio, tensión... todo a la vez. Gracias a Dios, ¡nació Noemí!
        Las reflexiones que he hecho después no han versado sobre el milagro de la vida, el sentimiento de paternidad, etc. Esas las he ido haciendo a lo largo de esos dos años de existencia de Rut. En esta ocasión la primera reflexión que vino a mi mente fue: esto sí que ha sido como aquello que dice Dios a Eva en el Génesis, “parirás con dolor”. Luisa dice que ha sido un dolor inmenso, como nunca había vivido, casi insoportable. Durante el parto, llorando y desesperada, se lamentaba por no haber pedido a tiempo la epidural. Ahora, que Noemí ya está aquí, Luisa está contenta, incluso orgullosa, por haber dado a luz sin epidural, con dolor, a la antigua usanza. Pocas mujeres dan a luz ya de este modo. Sin embargo, no quiero ensalzar el dolor, sino todo lo contrario. Comprendo perfectamente que toda persona que supera un dolor tremendo, después se siente orgulloso por haberlo logrado. Es cierto que hay una corriente que defiende el parto natural, porque ven en ese esfuerzo y dolor virtudes apreciables. Supongo que es una opinión respetable. A mí, en cambio, me parece que todo dolor que pueda evitarse, debe ser evitado. Esto lo digo aplicándolo ya no al parto sino a muchos otros momentos de la vida. Especialmente en las personas religiosas, se ensalza el dolor por sí mismo, llegando incluso a desearlo. Yo no creo que haya que huir del dolor: éste es un camino de maduración muy útil para el desarrollo de la persona, y en muchas ocasiones el dolor puede ser constructivo. Sin embargo, no hay que buscarlo. Huir de él, no, pero buscarlo, tampoco. Me alegro, volviendo al tema del parto, que hoy en día en la mayoría de los partos, las mujeres puedan alumbrar a sus hijos sin dolor. Me alegro de que la maldición bíblica haya dejado de tener efecto. Y espero que la ciencia siga descubriendo nuevas maneras de eliminar el dolor, siempre maneras éticas, respetuosas con la dignidad humana. El dolor es un enemigo a batir. Cuando los profetas bíblicos imaginan la nueva creación, perfecta humanidad reunida con Dios, expresamente dicen que será un mundo sin dolor. Pues eso.
        La segunda reflexión, tras dar las gracias por la atención médica que habíamos recibido, me hizo pensar en tantas mujeres que, actualmente, dan a luz en condiciones penosas, sin ayuda, sin medios, incluso con riesgo para su vida y la de sus bebés. La mortalidad durante el parto sigue siendo elevada en muchos países del planeta. Por supuesto me refiero a todos los países pobres, de esos que englobamos en el término “el Sur”. ¿Cuántas mujeres habrán fallecido el mismo día que Luisa dio a luz porque alumbraron a sus hijos en una chabola, o en medio del campo, o n un dispensario que se cae a cachos, sin personal sanitario que la ayude. Nadie pudo derrochar guantes de látex y gasas mientras la atendía; no había instrumentos para tomarle la tensión y la temperatura cada dos pos tres, y mucho menos para mediar las contracciones (¡menudo lujo!). Seguro que ese día murieron muchas mujeres, puesto que los números a nivel mundial así lo indican. Todas ellas, salvo excepción, evitables con una serie de medios que hoy por hoy pueden estar al alcance de cualquier país. Pero las injustas relaciones comerciales también llegan hasta el campo de la salud. Un día me gustaría dedicar un artículo del blog exclusivamente a este tema. Ahora me basta con recordar, como me ocurrió a mí en el paritorio, que somos privilegiados, y que buena parte de la humanidad no dispone de los servicios elementales que aseguren venir a la vida con un mínimo de garantía. ¿Cómo es posible que en muchos lugares la mortalidad sea elevada al dar a luz, o durante los primeros cinco años de vida, o por el sarampión, o por el apéndice, o por una simple gripe? ¿Cómo se puede tolerar que en muchos sitios haya un médico por cada 10.000 habitantes, que el centro de salud más cercano esté a varios días de camino, o que la medicina más simple cueste el sueldo de un mes? Es brutal. Clama al cielo.
        Tercera reflexión. A mi hija Rut la quiero como no he querido nunca a nadie jamás. Es lo mejor de mi vida, y por ella lo daría todo. Supongo que todo padre podría decir lo mismo. Y la quiero tanto que, antes de que naciera Noemí, me preguntaba a mí mismo si sería capaz de querer a Noemí de la misma manera que a Rut. No me imaginaba que tuviera idéntico amor por ambas, más bien imaginaba el amor como una especie de “cantidad” que había que repartir y que, al dar a una, habría que restarle a la otra. Es pronto todavía, porque el amor se construye con el paso de los días y las experiencias, pero ya puedo ir comprobando que siento hacia Noemí lo mismo y con la misma intensidad que por Rut. Muchos amigos con hijos ya me había dicho que sería así, y es cierto. Lo sabía con la cabeza, de oídas, pero ahora lo sé con el corazón, porque lo siento. Con esto quiero decir que el amor nunca resta o divide, siempre suma o multiplica. El amor es increíble, fascinante, misterioso, porque cuanto más se ama, más pide amar. Es expansivo. Es como una onda. Hay personas que creen que el amor debe circunscribirse a poca gente y muy cercana, ya que, si se expande, pierde calidad o intensidad. En el fondo creo que es una manera de crear barreras y límites para que el amor no se adueñe de nosotros. Esto que pasa con los hijos, ocurre también con los amigos que uno tiene, y a los que se quiere. Igualmente pasa con las personas que están más lejos, pero que se sienten cerca, en virtud de la solidaridad. Resumiendo: que, lejos de recortarse, el amor se agranda a medida que se ama a más personas. Si ampliáramos nuestro círculo de amor, más amaríamos, y seríamos más felices, en consecuencia. Es impresionante ¿no os parece?
        Y para terminar: en estos días hemos recibido decenas y decenas de mensajes, llamadas, correos, vistas, todas de personas que nos felicitan, que se alegran por nosotros, que nos quieren. Esto no tiene precio. No tenemos una casa grande ni con comodidades; no disfrutamos de una segunda residencia en la sierra; no poseemos una buena cuenta corriente; no somos personajes “importantes”. Sin embargo, tenemos amigos. Buenos amigos. Y me atrevo a decir que muchos amigos. En general es cierto que los verdaderos amigos se cuentan con los dedos de una mano. Suele ser así. En nuestro caso, y lo sabemos por experiencia, los dedos de ambas manos no bastan para contar los amigos que tenemos. Y, repito, no me refiero a conocidos, ni siquiera compañeros. Digo amigos, de esos que te conocen, te quieren, comparten lo que son y lo que tienen, y están a las duras y a las maduras. A mis alumnos de ética, cuando hablamos de triunfar en la vida, les digo que dejen la profesión en un segundo plano, y que dediquen en la vida a hacer buenos amigos. Es uno de esos pocos ingredientes imprescindibles para la felicidad. El nacimiento de Noemí me ha servido para recordar una vez más lo que vivo cada día: la suerte de tener amigos. Impagable.
No sé cuando volveré a colgar algo en el blog. Todos me dicen que el ritmo de vida con dos hijas es agotador. Supongo que me contentaré con remitirme a enlaces que me parezcan interesantes... Hasta la próxima. Un beso y muchas gracias.

                                                                    José Luis Quirós



1 comentario:

  1. ¿Cómo esta entrada no tiene comentarios si mueve el corazón? Aunque casi, casi estamos estrenando nuestra amistad, me siento orgullosa de decirte que me atrevo a incluirme en esa lista de amigos. Me han encantado tus reflexiones a raiz del nacimiento de Noemí, estoy segura que con esa cantera de ideas y escritos que tienes no nos tendrás mucho tiempo esperando la próxima entrada. Un abrazo, Ana

    ResponderEliminar

Tranquilo, en breve estudiamos tu caso...