lunes, 21 de marzo de 2011

Cuaresma y decrecimiento



            Cuaresma: tiempo de ayuno y abstinencia, suele decirse. Y es cierto. Pero estas dos palabras, como bien sabemos, necesitan de una traducción a nuestra vida cotidiana.
            En general, la tónica ha consistido en hacer ver que comer poco (ayunar) y, en especial, no comer carne (abstinencia) sólo tienen sentido si nos conducen a una práctica más amplia en la cual renunciamos a diversas cosas, del tipo que sean, para así poder compartir solidariamente con los más necesitados. Hay otras interpretaciones, pero quiero centrarme en ésta, con la sencilla intención de extrapolarla a escala global. En otras palabras: el ayuno y la abstinencia han de ser la clave que marque el rumbo del comportamiento de la sociedad a nivel planetario (sigue...)
            Ayunar, en sentido global, significa consumir menos. Sin duda, consumir menos es el principio primero y fundamental sobre el que debe dar un giro (conversión) nuestro estilo de vida.
            Hasta ahora, el sistema económico capitalista se basa en el crecimiento continuo: producir cada vez más para poder consumir más; ese consumo, a su vez, estimula la producción que, consiguientemente, va a ser consumida de nuevo. Esta espiral ascendente es mortal. “Pecado mortal”, si se quiere jugar con las palabras tradicionales. Es mortal porque la vorágine del crecimiento continuo se levanta sobre la miseria y explotación de dos tercios de la humanidad, al tiempo que pone en grave riesgo el equilibrio medioambiental. Personas y recursos son sacrificados en el altar del dios Mercado bajo el dogma indiscutible del crecimiento económico.
            Por eso, ayunar es sinónimo de decrecer. Diversos movimientos sociales que luchan por un sistema alternativo se van agrupando en torno a la idea del “decrecimiento”, palabra que resume tanto una concepción filosófica de la vida como una teoría económica que tiene como fundamento reducir nuestro nivel de producción y consumo. Es necesario producir menos, trabajar menos, ganar menos, consumir menos.  Según esto, las distintas economías no sólo deben reducir el ritmo de crecimiento (del 3 al 2 o al 1%) sino que deben entrar en números negativos: decrecer a un ritmo del -1, -2 o -3 %, por poner un ejemplo.
            Pero decrecer no es un fin en sí mismo. Si decrecemos es para permitir que todas las personas tengan los bienes mínimos que garanticen una vida digna y, a partir de ahí, restar tiempo, energías y recursos a la dimensión económica para  poder atender a otras dimensiones que hacen la vida más plena, más humana: la conciliación de la vida familiar, las relaciones sociales, la formación, el ocio, el deporte, la contemplación, etc. Por tanto, este tipo de “ayuno y abstinencia” no equivale a la tradicional renuncia de los placeres de este mundo. El decrecimiento no significa dar la espalda al progreso y al bienestar: antes bien, el decrecimiento es el medio para hacer posible un modelo de persona y de sociedad más sano e integral.
            Sobra decir que este cambio global no es posible sin la aportación personal de cada uno. Sabemos que no hay verdadero cambio global si no es desde una acción local, desde abajo. Dicho de otro modo: a nivel personal, el ayuno y la abstinencia remiten a la renuncia del deseo compulsivo de tener. Nuestras metas no pueden centrarse en tener otro coche mejor, comparar una segunda vivienda en la sierra, cambiar de móvil cada dos por tres, tener todos los aparatos de última generación, ascender puestos en la empresa, revalorizar constantemente las acciones, vestir de marca, etc. etc. Esta renuncia a muchos puede parecerle un injustificable sacrifico. Sin embargo, las razones son más que suficientes: si uno no lo hace por justicia con los millones de desposeídos, al menos que lo haga para evitar convertirse en esclavo de las cosas. Y si no, puestos a malas, que piense que a este paso nos cargamos el planeta. Y no hay otro.
            En este sentido, hoy ayunar y abstenerse son más necesarios que nunca.

                                                                                                                               José Luis Quirós

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