sábado, 9 de enero de 2016

Las tradiciones religiosas

Tras recibir dos comentarios de sendas amigas y mejores personas a las que tengo en gran aprecio, creo que debo ampliar la reflexión que hice en una entrada anterior a propósito de las cabalgatas de reyes. En dicha reflexión quise diferenciar entre lo que es tradición popular, por tanto modificable, y lo que es fe, es decir, permanente (para los creyentes). En esta siguiente reflexión, dado que los comentarios que he recibido quieren defender las tradiciones, quiero dar mi opinión sobre el concepto de tradición.

Las tradiciones son valiosas y útiles. Pretender eliminarlas es atentar contra un rasgo esencial de la cultura humana. Así mismo, alterarlas sin ton ni son es un disparate. Ahora bien, las tradiciones no son sagradas (son creaciones humanas, por más base religiosa que puedan tener) y, en consecuencia, no son absolutas (pueden ser modificadas).
Las tradiciones no son cosas, objetos, sino organismos vivos en tanto que expresiones de la mentalidad humana. Así, toda tradición ha nacido en un momento determinado y en un lugar concreto. Hubo un tiempo en que cierta tradición no existía hasta que alguien (individual o colectivo) la puso en marcha y se extendió. Y puede llegar un día en que deje de existir (le ha ocurrido ya a cientos de tradiciones). Hay tradiciones que arraigan en un lugar pero en otros no (como los reyes magos han triunfado en España pero son prácticamente desconocidos en casi la totalidad del mundo cristiano). A lo largo de su existencia, las tradiciones suelen incorporar elementos de otras culturas y cosmovisiones (las tradiciones cristianas están repletas hasta la saciedad de tradiciones paganas). En otras ocasiones las tradiciones van desprendiéndose de elementos que, con el cambio de los tiempos y las mentalidades, se considera mejor eliminar o adaptar. En resumen: como organismos vivos que son, las tradiciones admiten un MARGEN DE CAMBIO Y EVOLUCIÓN. No pueden ser absolutizadas ni defendidas en todos sus términos y aspectos como si fueran realidades inamovibles.
Ahora bien, lo mismo que afirmo que las tradiciones pueden ser modificadas, también digo que esto hay que HACERLO BIEN. ¿En qué consiste hacerlo bien?
Desde luego, NO es hacerlo bien utilizar las tradiciones, o modificarlas, con usos políticos. Si el actual gobierno de Madrid  ha pretendido capitalizar políticamente los cambios introducidos en la cabalgata me parece condenable sin paliativos. Del mismo modo que me pareció condenable cuando el anterior gobierno del Partido Popular eliminó cabalgatas y belenes en los distritos de los barrios para contentar a las bases políticas nacionalcatólicas que querían una presencia fuerte y mediática de lo religioso en la calle (la cabalgata de la Castellana y el belén del ayuntamiento).
Igualmente, NO es hacerlo bien si lo que se pretende es desprestigiar, ridiculizar o tergiversar las legítimas creencias de las personas. Creo que nadie tiene derecho a jugar con los sentimientos religiosos de los demás (dicho sea de paso, hay muchas burlas a lo religioso que no comparto, incluidas algunas de las que hace el semanario francés Charlie Hebdo). Si el ayuntamiento de Madrid se cree más “progre” por adulterar ridículamente lo religioso ha equivocado el camino. La verdadera progresía respeta lo religioso, aunque no lo comparta.
Estas son las “líneas rojas” (esta expresión está de moda) que no se pueden traspasar: ni usar políticamente ni faltar al respeto de las creencias de la gente. ¿Traspasó el ayuntamiento de Madrid esas líneas? Es discutible. Si lo hizo, coincidiré en condenarlo. Sin ninguna duda.
Pero, a mi juicio (obviamente puedo estar equivocado) el ayuntamiento ha querido, con mayor o menor acierto, adaptar la tradicional cabalgata a unos esquemas más modernos.  Ese intento me parece correcto. Ya digo que pueden haber acertado o no, pero el intento, para mí, es de alabar. Y es de alabar porque, como dije antes, las tradiciones son susceptibles de ser cambiadas, siempre y cuando se respeten las líneas rojas que he citado. Dicho de otro modo, hay aspectos de las tradiciones que no sólo podemos sino que DEBEMOS CAMBIAR si queremos que cumplan una función social acorde con lo que creemos y defendemos. Hay elementos en muchas tradiciones que son muy criticables, entendibles en otras épocas y contextos, pero no admisibles en la actualidad. Y hay otros elementos que, no estando presentes en las tradiciones, deberían ser incorporados a ellas para que su mensaje vaya calando en la gente y contribuya a la formación en valores.  
Uno de esos elementos (por poner un ejemplo) es la presencia de las mujeres. Ya sé que toco un tema delicado. Pero, curiosamente, es el tema por antonomasia que siempre levanta ampollas. Hubo un furor nacional sobre la presencia de las mujeres en el ejército o la policía. Se hizo un intento fallido en el mundo del toreo (uno de los más tradicionalistas de todos). Se ha logrado en muchos ámbitos de la vida pública. Pero donde más resistencia hay es en el ámbito religioso. No quiero entrar en el debate de la ordenación de las mujeres y su puesto en la Iglesia, pero es la punta del iceberg. Sueño con que un día no haya ninguna diferencia de sexo dentro de la Iglesia y, por supuesto, tampoco en la sociedad. Eso incluye el hecho de que sean ordenadas, luego con mayor motivo incluye que puedan hacer de reinas magas. El que una mujer haga de reina maga no altera en nada la FE religiosa contenida en la celebración del 6 de enero y, además, contribuye positivamente a incorporar a esa tradición un elemento que hoy consideramos valioso y loable: la justa igualdad. Repito: en nada menoscaba el mensaje religioso evangélico. Si cabe, lo realza: del mismo modo que la luz del niño Jesús llegó a los que ocupaban un segundo o tercer escalón social (los extranjeros paganos- los magos de oriente), también hoy en día llega a colectivos que están siendo rehabilitados en su dignidad (por ejemplo, la mujer).
En resumen, soy partidario de modificar las tradiciones para que la parte valiosa del mensaje que contienen se adapte a los valores que hoy defendemos y se conviertan así en un elemento de alto valor educativo. Si las tradiciones no se adaptan corren el peligro de defender ideas, comportamientos prejuicios o sentimientos que, de ningún modo, podemos consentir que se perpetúen. Por más tradicionales que sean.


No hay comentarios:

Publicar un comentario

Tranquilo, en breve estudiamos tu caso...