jueves, 3 de mayo de 2012

Sobre el insoportable silencio de los obipos

Os dejo esta reflexión del sacerdote y teólogo José María Castillo sobre el clamoroso silencio de los obispos ante tantas injusticias sociales y la dolorosa situación de millones de personas en nuestro país. Él lo ha titulado "Pecado de omisión".

Van en aumento las voces que se quejan, se lamentan y claman escandalizadas por el inexplicable silencio de los obispos ante la situación social y política de España que se agrava por días. Y que nadie me venga diciendo que los obispos lamentan el sufrimiento de los parados y el dolor de los inmigrantes… Pues estaría bien que, ante hechos tan clamorosos, no dijeran ni pío. ¡Qué menos que pronunciar quejas genéricas sobre el tema!. Los que las pronuncian son los primeros que saben que eso no les va a causar ningún problema a ellos. Como no les va a resolver tampoco ningún problema a quienes se están hundiendo en el dolor de un futuro fatal e inevitable, si es que seguimos por el camino del desastre por el que nos llevan los responsables actuales de la política y la economía de España (sigue...).


Dicho esto -y como se trata de hombres que manejan con soltura el tema del pecado, en el que son expertos-, del pecado quiero decir algo que me parece determinante en este momento. Me refiero al “pecado de omisión”. Un tipo de pecado del que poca gente dice que, en ese asunto, tiene la conciencia tranquila. Y sin embargo, con el Evangelio en las manos, enseguida se da uno cuenta de que es un asunto muy serio, demasiado serio. Me explico.
Según el relato solemne del “juicio final”, tal como lo presenta el evangelio de Mateo (25, 31-46), la sentencia condenatoria, contra los que se perderán para siempre, no será por “lo que hicieron”, sino por “lo que no hicieron”. Exactamente por sus pecados de omisión: “Tuve hambre y no me disteis de comer, tuve sed y no me disteis de beber, estaba desnudo y no me vestisteis, estaba en la cárcel y no fuisteis a verme, era extranjero y no me acogisteis…”. A todos estos desgraciados, los que se condenan no les hicieron daño alguno. Simplemente, se limitaron a dejarlos como estaban.
No movieron ni un dedo para sacarlos de su situación. Exactamente lo que está pasando, ahora mismo, con millones de ciudadanos españoles. Y quiero dejar claro que el recurso a lo mucho que ayuda Cáritas (y otras ONG) no justifica el silencio y la pasividad de nuestro obispos. Porque los que sufren las consecuencias de la crisis no quieren vivir de la “caridad”. Lo que claman y exigen es que se les haga “justicia”. A mí se me caería la cara de vergüenza si cada día tuviera que acudir a la oficina de Cáritas por el plato de comida. Aparte de que hay asuntos muy graves que no se resuelven en Cáritas: la sanidad, la educación, la igualdad de derechos con sus correspondientes garantías…
Pero hay más. Porque Jesús, además de lo que dijo en lo del juicio final o “juicio de las naciones”, se despachó a base de bien en la parábola del rico epulón y Lázaro (Lc 16, 19-31). La parábola es tajante. Porque, en realidad, el rico no le hizo ningún daño al pobre Lázaro. Ni siquiera lo echó del “portal” de su casa, que lógicamente afearía la entrada a la mansión de un señor que vestía y comía con tanto refinamiento. Pues no. Lo dejó allí, tal como estaba. Y eso fue su perdición. Que es justamente lo mismo que Jesús censura en la parábola del buen samaritano (Lc 10, 25-37). Si el texto se lee con atención, enseguida se comprende que Jesús no denuncia la conducta de los bandidos que apalearon y robaron al desgraciado caminante. La crítica mordaz de Jesús va contra el sacerdote y el levita, que vieron al herido que se desangraba en la cuneta del camino, dieron un rodeo, y pasaron de largo. Aquellos clérigos no le hicieron daño alguno al moribundo. Simplemente lo dejaron como estaba.
Mucha gente se pregunta por qué muchos obispos, y tantos hombres de Iglesia, se quejan de “otros” pecados, mientras que, en las situaciones límite que millones de criaturas están viviendo en este país, se limitan a decir que es una pena, un dolor…, pero que también es verdad que la Iglesia es Madre y ayuda a más de lo que mucha gente se imagina. Pero el hecho es que la Conferencia Episcopal Española sabe perfectamente que, en esta situación concreta, tiene un poder que no ejerce.
¿Será porque le debe mucho al Gobierno que manda?. ¿Será porque espera mucho de él?. Sea lo que sea, ahí están los que sufren las peores consecuencias de la crisis, al tiempo que las ganancias de banqueros y empresarios se mantienen a “un buen nivel”. ¿Y seguimos callados o, a lo sumo, apelando a lo que hace Cáritas? ¿No estamos haciendo la vista gorda, como supieron hacerla el sacerdote y el levita de la parábola evangélica?.
A no ser que el “pecado de omisión” se piense suprimir de la lista de pecados por los que, según los moralistas (“como Dios manda”), hay que confesarse. En ese caso, que lo digan quienes tienen autoridad para decirlo. Y entonces, ya todos asistiremos al desastre de nuestro país y de nuestra Iglesia, pero eso sí, con la conciencia tranquila.
José María Castillo Sánchez

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