lunes, 13 de junio de 2011

KÉDATE (I)


        Kédate es el nombre de la comunidad cristiana a la que pertenezco. La “k” es porque dicha comunidad está enraizada en Vallekas (barrio también conocido como “Valle del K”). Pero más importante que la letra “k” es el nombre de Kédate.
         Este nombre alude a un pasaje del Evangelio titulado “Los discípulos de Emaús”. Tras la muerte de Jesús, dos de sus discípulos se vuelven a su pueblo, y en el viaje se encuentran con un caminante, al que, al atardecer, invitan a entrar en su casa con esta expresión: “Quédate con nosotros, que la tarde está cayendo”.
         Kisisera (¡vaya, se me coló la “k”...!) compartir la belleza de esta escena evangélica, y el modo en que inspira el estilo de vida dentro de nuestra comunidad. Lo haré en dos entregas, ya que en un sólo artículo sería demasiado largo, y corro el peligro de aburrir a los lectores más de lo habitual.... (sigue...)


Este es el episodio:
Aquel mismo día, dos de ellos iban de camino a una aldea llamada Emaús, que
dista de Jerusalén sesenta estadios. Iban comentando entre sí todos estos sucesos.
Y mientras ellos comentaban e investigaban juntamente, Jesús mismo se les acercó y
caminaba con ellos. Pero sus ojos estaban como imposibilitados para reconocerlo.
Él les preguntó: “¿Qué cuestiones son ésas que venís discutiendo entre
vosotros por el camino?” Ellos se detuvieron con semblante triste. Y uno de ellos,
llamado Cleofás, le respondió: “¿Pero eres tú el único forastero en Jerusalén que no
sabe lo sucedido allí en estos días?” Él les contestó: “¿Qué?” “Lo de Jesús Nazareno
le respondieron ellos -, un hombre que fue profeta poderoso en obras y palabras ante
Dios y ante todo el pueblo; y cómo nuestros pontífices y jefes lo entregaron a la pena
de muerte y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él iba a ser quien libertara a
Israel; pero con todo eso, ya es el tercer días desde que esto sucedió. Verdad es que
algunas mujeres de nuestro grupo nos han alarmado: fueron muy de madrugada al
sepulcro, y, no habiendo encontrado su cuerpo, volvieron diciendo que incluso habían
visto una aparición de ángeles, los cuales aseguran que él está vivo. También fueron
al sepulcro algunos de los nuestros y encontraron todo exactamente como habían dicho
las mujeres. Pero a él no lo vieron.”
Entonces les dijo él: “¡Oh, torpes y tardos de corazón para creer todo lo que
anunciaron los profetas! ¿Acaso no era necesario que el Cristo padeciera esas cosas
para entrar en su gloria?” Y comenzando por Moisés, y continuando por todos los
profetas, les fue interpretando todos los pasajes de la Escritura referentes a él.
Cuando se acercaron a la aldea adonde iban, él hizo ademán de continuar su
camino adelante. Pero ellos lo obligaron a quedarse, diciendo: “Quédate con
nosotros, que es tarde y el día se acabó ya.” Entró, pues, para quedarse con ellos. Y
estando con ellos a la mesa, tomó el pan, recitó la bendición, lo partió y se lo dio. Por
fin se les abrieron los ojos y lo reconocieron, pero él desapareció de su vista.
Entonces se dijeron el uno al otro: “¿Verdad que dentro de nosotros ardía nuestro
corazón cuando nos venía hablando por el camino y nos explicaba las Escrituras?”
Y en aquel mismo momento se levantaron y regresaron a Jerusalén, donde
hallaron reunidos a los once y a los que estaban con ellos, que decían: “¡Es verdad!
El Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón.” Entonces ellos refirieron lo que
les había sucedido en el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

         Este pasaje siempre ha sido muy valorado por los cristianos porque encierra una enseñanza vital para la fe: ¿dónde encontrar a Jesús el Resucitado? Los cristianos que, pasados los siglos, no tuvimos la experiencia de vivir con Jesús, ¿podemos encontrarle en nuestra vida? La respuesta de esta escena es, rotundamente, sí.
         Cada uno de nosotros se encuentra con Jesús en cada persona que se tropieza en el camino de la vida cotidiana. Aquellos discípulos iban por el camino (signo habitualmente empleado para simbolizar la vida, el devenir de la existencia) y ahí es donde se encuentran con otro caminante. Dialogar con él, hacer el camino juntos, fue el inicio de la experiencia de encuentro con Jesús. Por eso, suele decirse que Jesús está en cada persona que nos encontramos en nuestra vida. No está lejos, no está en las alturas, no está escondido, ni se va a manifestar de manera espectacular y asombrosa, como si fuese un ovni. Cada persona que está a nuestro lado es la presencia de Jesús: mi hija, mi compañero de trabajo, mi vecino, mi mujer, el extraño del ascensor, la persona que limpia, el que está junto a mí en el metro, el amigo con el que quedo, etc. etc. Con todas esas personas vivimos cosas, o mejor, vivimos la vida. Y en ese vivir la vida junto con otros está Jesús. Es una buena noticia. Es como cuando estoy buscando las gafas y no las encuentro; las busco con afán y casi desesperación, y no las veo. Hasta que al final me doy cuenta que las tengo puestas...Si alguien busca a Dios ya lo sabe: no hay que matarse para encontrarle...

         Sin embargo, si bien es cierto que Jesús está en esa vida que vivo junto con los otros, también es verdad que muchas veces con eso no basta. Los discípulos que iban a Emaús caminaban con aquel extraño, charlaban con él, pero les faltaba ir haciendo a la vez otro camino: el camino hacia el interior. Así es: a medida que caminaban hacia el pueblo, el extraño les iba hablando de distintos episodios de la Biblia en los que se mostraba cómo el amor de Dios había ido disponiendo todas las cosas a lo largo de la historia hasta culminar en las palabras y obras de Jesús. El forastero les iba explicando la Sagrada Escritura, y ellos, mientras escuchaban, notaban que su corazón se calentaba, algo les ardía por dentro, les renacía el aliento, la esperanza, la auténtica vida: la de dentro. Por eso, no basta con vivir la vida de cada día junto a los otros, sino que es necesario interpretar esa vida desde una perspectiva, con una clave que todo lo descifra y aclara: la Palabra de Dios. Mucha gente se enfada con Dios porque no le oye, y yo digo que todo lo que Dios tenía que decir ya lo ha dicho, y de la mejor manera posible: a través de la vida de Jesús, recogida en el Evangelio. Por eso, el Evangelio ha de acompañarnos en el camino: él nos da la clave para saber interpretar y vivir con profundidad lo que nos acontece.

         Y no obstante, aún así, todavía aquellos discípulos no habían llegado a reconocer del todo a Jesús. Fue entonces cuando lo invitaron a quedarse en casa, haciendo gala de la consabida hospitalidad oriental. Le preparan un sitio entre ellos, se reúnen en torno a la mesa, y, cuando aquel extraño parte el pan, entonces lo reconocen. Era el mismo gesto que Jesús había realizado la noche anterior a su muerte, cuando cenó por última vez con sus discípulos. ¡Entonces se les abrieron los ojos y le reconocieron! Así tambien, cada uno de nosotros, después de ir interpretando la vida diaria a la luz del Evangelio, debemos dar todavía un paso más: abrirnos a los demás para compartir con ellos casa y pan. Tanto la hospitalidad como la comida compartida simbolizan la acogida del otro como parte de uno mismo, la ayuda servicial, la entrega amorosa. De nada serviría pasarnos el día leyendo el Evangelio y sacando preciosas enseñanzas si eso no se traduce en un compromiso efectivo con los demás. ¡Es en ese momento cuando se nos abren los ojos y vemos a Jesús! Y no estoy hablando de hacer grandes cosas, ser un héroe, un santo, un salvador de la humanidad. No se trata de eso. Es mucho más sencillo: hospitalidad y compartir el pan. La tarea es traducir eso a mi vida cotidiana, con las personas que me rodean, mediante las acciones que yo soy capaz de llevar a cabo. Ni más, ni menos.

         Este recorrido de los discípulos de Emaús nos revela tres momentos de un mismo proceso: abrirse a las personas con las que hacemos el camino de la vida; interpretar esa vida desde el mensaje del Evangelio; acoger y compartir solidariamente con los demás. Este itinerario es el que nos posibilita el encuentro con Jesús.
         Ya sé que hay quienes preferirían que apareciera sobre una nube, repleto de esplendor, y con voz poderosa que dijera: “Soy yo, el Señor, el Resucitado; creed en mí”. Pero me temo que esto no va a pasar. Sencillamente, porque el Dios de Jesús no es así. Eso ya lo sabían los evangelistas, por eso escribieron este relato de Emaús: para enseñarnos a las personas de los tiempos venideros cómo encontrarnos con Él.

José Luis Quirós

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