jueves, 31 de marzo de 2011

La inmigración según mis alumnos

           

            Hace unos días pedí a mis alumnos de 4º de ESO de Ética que redactaran una disertación con el siguiente título: ¿Deberían tener los inmigrantes los mismos derechos que los españoles? Las respuestas fueron diversas y dignas de comentario.
            El grupo más numeroso, que aglutina en torno al 70% de los alumnos, aseguraba que los inmigrantes podrían tener los mismos derechos que los españoles siempre y cuando tuvieran un trabajo y aportaran con sus impuestos al conjunto de la sociedad. De este modo, los inmigrantes ilegales, dado que, o bien no están trabajando, o bien, si lo hacen, no pagan impuestos, no pueden tener derechos iguales a los españoles. Obviamente, estos alumnos no ven con buenos ojos que los inmigrantes ilegales reciban prestaciones sociales como la educación o la salud, dado que no están pagando a las arcas del estado (sigue...)
            Otros alumnos vinculaban los derechos de los inmigrantes al hecho de tener o no la nacionalidad española. El español goza de unos derechos superiores dado que su nacionalidad se lo permite, tal y como recoge la Constitución. En cambio, el extranjero, dado que no tiene la nacionalidad, carece de buena parte de esos derechos. Estos alumnos no se plantean que los inmigrantes puedan alcanzar algún día la igualdad de derechos: pueden estar en el país, trabajar, pagar sus impuestos, pero, pese a todo, no deberían disfrutar los mismos derechos. Y, por supuesto, la nacionalidad habría que concederla en casos muy contados, de modo muy restrictivo, pues, de lo contrario, esto se llenaría de gente.
            Un tercer grupo, minoritario (en torno al 5%) se situaba en un extremo del espectro: los inmigrantes, sencillamente, no deberían estar aquí. Estos alumnos no entran a debatir, ni siquiera a nivel intelectual, la cuestión de si deben o no tener los mismos derechos que los españoles: directamente deben irse. Los motivos son variados, y conocidos: sus países son un desastre y nosotros no tenemos que pagar sus desperfectos; vienen aquí a delinquir y cometer maldades; se venden por bajos sueldos a los empresarios quitando así el trabajo a los españoles; sus costumbres son negativas para la sociedad; etc.
            Por último, otro grupo, también reducido, se sitúa en el extremo contrario: los inmigrantes son personas, y como tales, tienen todos los derechos. La Declaración Universal de los Derechos Humanos asegura que éstos lo son de cada persona, independientemente de su raza, sexo, creencia, lugar de procedencia, etc. Por tanto, un extranjero, antes de ser inmigrante es persona, y, en consecuencia, tiene exactamente los mismos derechos que un español. Esto es innegociable.
            Las respuestas dadas por los alumnos dan mucho juego. Se podrían hacer multitud de comentarios. Yo, más que rebatir sus posturas o intentar convencerles con mi propia opinión, intenté plantear unas preguntas que suscitaran nuevamente su reflexión. Digamos que les planteé una serie de objeciones, como se hace en el tradicional método escolástico.
            Al primer grupo le objeté que si los derechos dependen de tener trabajo y pagar al estado,  entonces no son incondicionales, sino que dependen de una condición externa a la persona. Dicho de otro modo, los derechos son una “cosa”, una mercancía que se compra: se paga por tener derechos. ¿Eso son derechos o más bien privilegios de quien tiene y puede?
            Al segundo grupo quise también caer en la cuenta de que, al vincular los derechos a  la nacionalidad, dichos derechos eran condicionados. Eso significa que, si un español viaja a un país distinto, dado que no tienen esa nacionalidad, pierden sus derechos. Hay países con constituciones semejantes a la nuestra, pero otros muchos no reconocen los mismos derechos. ¿Sería justo que un español estuviera en un país africano o asiático y que, por ese motivo, perdiera sus derechos fundamentales?
            Con el tercer grupo más bien pretendí que al menos se interrogaran por la cuestión de la disertación. En otras palabras, en vez de empezar (y acabar) diciendo que los inmigrantes tienen irse, al menos, como alumnos de Ética, deberían intentar reflexionar con argumentos la pregunta  que se les planteaba en clase. Porque si no argumentan sobre la cuestión, no ejercen su habilidad intelectual. ¿Os es que es preferible ser personas irreflexivas que se mueven por lo que oyen, sin criterio propio?
            Finalmente, pese a estar de acuerdo con el planteamiento del último de los grupos, esta vez hice de abogado del diablo. Les dije que si los inmigrantes, por el hecho de ser personas, tienen los mismos derechos que los españoles, eso significa que pueden venir todos los que quieran y disfrutar de todos los servicios. ¿Sería esto viable? ¿No habría que regular de algún modo la llegada de inmigrantes y los recursos que se destinan a su acogida?
            Hasta aquí el debate en torno al contenido de la disertación.

            Sin embargo, lo que, en mi opinión es más importante, viene a continuación. Yo me pregunté: las distintas ideas que han plasmado mis alumnos, ¿de dónde proceden? ¿por qué tienen esas ideas?
            Creo que es evidente que las ideas que mis alumnos tienen sobre los inmigrantes las aprenden de lo que ven y oyen, ya sea en casa, en clase o en los medios de comunicación. Si un chico cree que un inmigrante debe tener los papeles en regla es porque este argumento es repetido  hasta la saciedad por los medios de comunicación. Si otro asegura que los derechos que hay en España son para los españoles, o que los inmigrantes son unos delincuentes que deberían volver a su país, es, casi siempre, porque han oído este argumento en su casa. En cambio, si afirma que los derechos de los inmigrantes son incondicionales e inalienables por su propia condición de personas, es muy probable que el argumento procede de lo escuchado en la asignatura de Ciudadanía o de Ética. En todo caso, sea como sea, alguien les ha transmitido esa idea.
            ¡Y esto es lo impresionante: que son tan sólo ideas!
            Creo estar bastante acertado si aseguro que mis alumnos tienen ideas sobre la inmigración, pero carecen de todo contracto con los inmigrantes. Dicho de otro modo: tienen ideas pero no experiencia.
            En las dos clases que imparto de Ética, que yo sepa, no hay ningún inmigrante, no al menos marroquíes, subsaharianos, asiáticos, rumanos, etc. Repito, que yo sepa, ninguno. Y si miro a su entorno, al resto de las clases o al colegio en su conjunto, el porcentaje de inmigrantes es casi inexistente (¿un 1% en el mejor de los casos?). Amén de constituir un perfil de inmigrante minoritario en el fenómeno de la inmigración (papeles en regla, buen trabajo, incluso nacionalidad, clase media, elevada formación de los padres, etc.). Vamos: mis alumnos no tratan con inmigrantes, no conviven con ellos, no se sientan a su lado en el aula, no conocen cómo viven o lo que piensan.
            Desde luego, esta falta de experiencia no implica que por eso no deban hacerse una idea sobre los inmigrantes. Naturalmente que debemos hacernos una idea de las cosas que no conocemos por propia experiencia. Es parte del proceso del conocimiento humano. Pero, ¿no es cierto que el conocimiento es más atinado, seguro, argumentado, fiable, cuando es contrastado con la realidad? ¿Cuál sería la opinión de mis alumnos si realmente convivieran cada día con los inmigrantes? Quizás los que defienden los Derechos Humanos sin restricción rebajaban su reivindicación; quizás los que piden que se vayan, abren sus puertas para acogerlos incondicionalmente; quizás los que se aferran a una nacionalidad descubran que todos somos ciudadanos del mismo mundo, más allá de las fronteras. No sé...
            Lo que quiero decir es que no hay nada más real que la realidad, por más que parezca un juego de palabras. Y que es muy difícil tener una opinión sólida sobre una realidad como la inmigración sin tener conocimiento de dicha realidad. Mis alumnos viven en un gueto: privilegiado, pero un gueto. Si se prefiere, lo podemos llamar burbuja, que queda menos discriminatorio. Pero, se diga como se diga, viven ajenos a la realidad. Tarde o temprano se chocarán con ella. ¿Cómo reaccionarán entonces? ¿Con qué criterios valorarán las situaciones? ¿Con esas ideas que aprendieron de otros pero nunca contrastaron con la realidad?
            ¿Por qué no hay inmigrantes en mi clase de Ética? El que no los haya, ¿es positivo?

                                                                                             José Luis Quirós

4 comentarios:

  1. Indaga por este camino ¿Quien ha cuidado de tus alumnos hasta que han sido autónomos mientras sus madres trabajaban?, ¿quien cuida a los bisabuelos de tus alumnos si alguno tiene?, ¿quien se ocupa del cuidado de sus casas? Seguro que más de uno tienen experiencia con emigrantes, pero ¿son estas personas en cuyas manos ponemos lo que más queremos ciudadanos de segunda clase?, ¿son seres invisibles que pasan por nuestras vida sin dejar huella? Yo me atrevo a decir bien alto que mi vida es mejor gracias a esa ayuda, que cuidan con toda la ternura que nosotros escatimamos a nuestros abuelos, que dedican tiempo, sonrisas y mucha paciencia a nuestros niños...No pueden ser ciudadanos de segunda, parte de la estabilidad emocional de nuestra sociedad está en sus manos.
    UN ABRAZO

    ResponderEliminar
  2. Española, mileurista, 4 miembros en casa...mis hijos se quedaron sin cursillo deportivo en verano.Motivo: inmigrantes 70% más barato por eso de dar oportunidades,por supuesto los españoles couta total.Apenas se vieron niños españoñes porque no quedaron plazas. Eso lo organizó mi ayuntamiento. No voy a hablar de las ayudas que yo no recibo porque soy española.

    ResponderEliminar
  3. Soy española, he cuidado niños a los que he tratado con mucho amor y logicamente más aún a mis hijos. La estabilidad emocional se vive en el amor de la familia,de las personas depende y no de su nacionalidad.Se puede ser muy tierno y a la vez demasiado tranquilo, de todo hay un todas partes. Solo sé que con una basura de sueldo y 5 miembros no accedo a ciertas ayudas porque no soy inmigrante.Eso sí nos queremos con locura y eso que somos de España.

    ResponderEliminar
  4. Hola, José Luis. Soy diseñador gráfico y trabajo para una organización de ayuda al inmigrante. Sólo felicitarte X tu Blige y una pregunta que me urge por mi trabajo. La foto de personas de distintas nacionalidades que aparece en tu artículo sobre inmigración, ¿sabes su procedencia, autor/a? Es por saber si tiene copyright y pedir permiso a quien proceda para su uso en un cartel para esta asociación que, como imaginarás, es sin ánimo de lucro. Muchas gracias y un saludo.
    Mi correo jcarlos304@gmail.com
    Ojalá puedas ver esto hace responderme pronto.

    ResponderEliminar

Tranquilo, en breve estudiamos tu caso...