domingo, 3 de febrero de 2013

Cuando la desobediencia es sagrada


        Días atrás he leído un texto del evangelio que, como siempre, me ha sorprendido por su carácter revolucionario. En este texto Jesús urge a colocar en primer lugar la necesidades de las personas por encima de cualquier otra ley y, en consecuencia, invita, literalmente, a la desobediencia civil. Todo un programa de lucha para nuestros días. Espero que el texto y las reflexiones que me ha sugerido os puedan ser de utilidad.


El texto dice así:


Sucedió que que Jesús pasaba por los sembrados en sábado, y sus discípulos se pusieron a caminar arrancando espigas.
Los fariseos le decían: —Mira, ¿por qué hacen en los sábados lo que no es lícito?
Y él les dijo: —¿Nunca habéis leído qué hizo David cuando tuvo necesidad y pasó hambre él y los que estaban con él; cómo entró en la casa de Dios, siendo Abiatar sumo sacerdote, y comió los panes de la Presencia, y aun dio a los que estaban con él; cosa que no es lícito comer, salvo a los sacerdotes?
Y añadió—: El sábado fue hecho para el hombre, y no el hombre para el sábado. Así que el Hijo del Hombre es Señor también del sábado.


         El sábado era el día dedicado a Dios y la ley prohibía tajantemente realizar trabajos ese día. Al pasar por los sembrados recogiendo espigas para comer los discípulos se están saltando la ley, una ley referida a Dios y, por tanto, están atentado contra lo más sagrado. Esta era la opinión de los fariseos, grupo religioso acérrimo defensor del cumplimiento de las leyes.
         Pero Jesús le da la vuelta a todo. Les pone como ejemplo nada menos que al rey David el cual entró en el templo y comió los panes reservados a Dios. Él y los suyos se saltaron la ley porque tenían hambre. La conclusión que saca Jesús es clara: el sábado se hizo para el hombre y no el hombre para el sábado. O si se quiere: las leyes deben servir a las personas, y si no es así, habrá que saltárselas, porque lo primero es cubrir las necesidades de las personas. La ley, por mucho que se refiera a Dios, olvida que lo más sagrado son las personas. Al menos ese es el Dios de Jesús.


         Mi primera reflexión, por la relación directa con el tema de la comida, quiere defender la soberanía alimentaria de los pueblos del planeta y denunciar la brutal especulación los voraces inversores de este inhumano capitalismo hacen con los alimentos. Es injusto que las grandes corporaciones mundiales compran y vendan cosechas a nivel mundial con el único propósito de alterar sus precios y, de este modo, enriquecerse en el juego de apuestas que es la bolsa. Es injusto y violento, una forma de guerra atroz que condena al hambre y la miseria a millones de personas. Los alimentos son un bien de primera necesidad, como lo es la salud, la vivienda, el trabajo o la educación. Y como diría mi madre, “con la comida no se juega”. Cada persona, cada familia, todo pueblo y nación, tienen derecho a alimentarse, a obtener de la tierra los recursos suficientes para subsistir con dignidad. Este debe ser el objetivo prioritario. Toda otra práctica económica-comercial que impida la consecución de este objetivo es profundamente injusta y desalmada y, en consecuencia, se debe exigir la abolición de las leyes que lo permiten.

        La segunda reflexión quiere hacer hincapié en el atraco a mano armada que ha supuesto la alteración de la Constitución Española en contra de la ciudadanía al incluir un punto que lesiona sus derechos. En dicha reforma constitucional se garantiza que el dinero público se destinará preferentemente al pago de la deuda (el dinero que se debe a los grandes capitales) y dicho objetivo está por encima de otro tipo de gastos como puedan ser la salud, la educación, los servicios sociales, etc. Una vez más las necesidades de la gente son dejadas de lado y la ley está pensada para adorar al dios de nuestra época: el mercado. Se olvida una vez más que lo más sagrado son las personas, y que la salvaguarda de sus derechos fundamentales no puede sacrificarse en aras de los intereses egoístas de la oligarquía capitalista que dirige el planeta. Lo primero no son los mercados, lo primero son las per5sonas. Y una ley que no lo reconoce así es una ley que nos ha traicionado.

        En consecuencia, y esta es la última reflexión, la incorporación de esta modificación a la Constitución es motivo suficiente de desobediencia civil. Jesús se saltó la ley porque era injusta. Y esta ley nuestra claramente lo es. Estamos legitimados y moralmente obligados a desobedecer a nuestros políticos cuando legislan en contra de los ciudadanos. Sé que es muy difícil articular una respuesta ciudadana masiva y unida, pero desde aquí, con mi humilde aportación, apoyo el movimiento de objeción fiscal: me opongo a pagar un dinero que, por ley injusta, va destinado a las grandes fortunas y no a ayudar a las personas en sus necesidades. Esto no es democracia, esto no es soberanía popular, esto no es respetar los derechos humanos. ¡Desobediencia civil ya!

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