jueves, 24 de marzo de 2011

No tirar la toalla y tender la mano


En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos entraron en Cafarnaún, y cuando el sábado siguiente fue a la sinagoga a enseñar, se quedaron asombrados de su doctrina, porque no enseñaba como los escribas, sino con autoridad.
Estaba precisamente en la sinagoga un hombre que tenía un espíritu inmundo, y se puso a gritar:
¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido a acabar con nosotros? Sé quién eres: el Santo de Dios.
Jesús lo increpó diciendo:
-Cállate y sal de él.
El espíritu inmundo lo retorció y, dando un grito muy fuerte, salió. Todos se preguntaban estupefactos:
¿Qué es esto? Este enseñar con autoridad es nuevo. Hasta a los espíritus inmundos les manda y le obedecen. (Mc 1, 21-28)

Según la mentalidad de la época, las deformaciones y discapacidades corporales, las enfermedades mentales, los malos humores y conductas se creía tenían su origen en espíritus malignos que poseían a la persona. Esa posesión hacía que la persona perdiera su dignidad humana, quedase rebajada a un nivel inferior y, por tanto, fuese mal vista por los demás, se huyera de ella y fuera rechazada social y religiosamente (sigue...)
Cuando Jesús entra en la sinagoga, es muy mal acogido por una persona allí presente. Esa persona se dirige a Jesús alzando la voz, gritando, sin guardar las formas ni el respeto debido a todo adulto en la sinagoga. Es segundo lugar, esa persona le viene a decir a Jesús, en lenguaje que podamos entender mejor, que allí no es bien recibido, que le conoce y sabe de qué va y que allí no pinta nada.
A pesar de este ataque directo y violento contra él, Jesús no se enfada, Jesús no arremete contra esa persona, sino que pone manos a la obra para liberarla de ese corazón retorcido y agresivo que le posee. Jesús, ante todo, no identifica a la persona ni con sus palabras ni con sus actitudes. Dicho de otra manera: no la juzga, sigue considerándola valiosa y digna en sí misma.
Pero Jesús da un paso más: expulsa al espíritu inmundo. Echar el espíritu maligno es una manera de decir que Jesús únicamente está interesado en librar a la persona de todo mal y lograr que recupere su cordura, su equilibrio, su salud, en definitiva, su dignidad. Y lo consigue. Jesús aceptó, disculpó, amó y liberó a aquella persona. Creo que es un gesto hermoso, grande, elocuente. No es de extrañar que todos los presentes se quedasen maravillados.

¡Cuántas veces nosotros somos tratados mal por aquellos alumnos a los que nos acercamos con intención de ayudar a través de nuestra labor educativa! En ocasiones le decimos algo a un chico, algo bueno, con la mejor intención y de la mejor manera posible, y, aún así, lo que recibimos es una mala contestación, somos recibidos con burla, desprecio, incluso agresividad. Y uno se queda petrificado como diciendo: “yo intento cumplir con mi tarea y ayudar a este chaval, pero me encuentro esta respuesta tan negativa por su parte”. La reacción lógica acaba siendo poniendo una nota en la agenda, o un parte. A veces nuestra respuesta es dañina, porque le pagamos con la misma moneda, es decir, tratándolo mal, poniéndonos a su nivel. Pero lo peor de todo es cuando decidimos pasar de él, cuando decidimos en nuestro interior no ayudar a ese alumno y desentendemos de él. Repito: es una reacción lógica y la entiendo.
Pero el episodio de Jesús en la sinagoga nos invita a dar un paso más profundo. Su ejemplo ante aquel hombre nos anima a tener otra mirada, otros sentimientos y otro comportamiento. Ante todo, cuando seamos recibidos de forma negativa, Jesús nos pide no identificar a la persona con su comportamiento. La persona es mucho más. El valor y la dignidad del chico lo son por el hecho de ser persona, independientemente de sus reacciones. Éstas se explicarán por muchas causas diferentes pero ninguna podrá anular la dignidad que le hace merecedor de respeto y amor incondicionales. Por tanto, es deseable abstenernos de hacer un juicio sobre el chico, catalogarle y encasillarle como “mala persona”.
Pero quizás todavía nos toca ir un poco más lejos: en vez de desentendernos de él, hemos de redoblar nuestro interés y nuestro esfuerzo por ayudarle. Si hay alguien que nos necesite en esa situación es precisamente ese chico, que se comporta así por el motivo que sea, pero que necesita de nosotros para reflexionar, recuperar su equilibrio interior y aprender a comportarse de un modo más humano. Es decir: neutralizar “el mal” que está haciendo que ese chico reaccione así, es nuestro primer deber, y la mejor manera de educarle, que es tanto como decir amarle.
                                                                                                       José Luis Quirós


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