jueves, 24 de marzo de 2011

Valoración ética del capitalismo



1. LAS SOMBRAS DEL CAPITALISMO

Si bien Marx calificó al capitalismo de enfermo desahuciado, 150 años más tarde el capitalismo parece tener cuerda para rato, y es su presunto enterrador el que ha bajado a la fosa (González-Carvajal, Curso de moral social, p. 119). Efectivamente, el neoliberalismo capitalista actual se presenta ante el mundo entero como el mejor sistema económico, dado que su máximo rival, el socialismo de inspiración marxista, ha fracasado en su realización histórica. Pero no sólo se presenta como el mejor sistema sino como el único, siendo ésta quizás su pretensión más ambiciosa. Según los defensores del sistema, el capitalismo expresa la manera natural que tenemos de ser y comportarnos los seres humanos. Por tanto, cuando la actividad económica se ajusta al dictamen del sistema capitalista no hace sino seguir las reglas naturales inscritas tanto en los individuos como en las sociedades. No existe otra forma de funcionamiento que no sea ésta. Sin embargo, a pesar de considerarse el mejor y el único, creemos que el capitalismo ha de sentarse en el banquillo de los acusados y responder ante las graves acusaciones habidas en su contra (sigue...)


1.1. La generación de pobreza
La primera de ellas es la producción directa de pobreza a escala planetaria, lo cual es un contrasentido, porque si el capitalismo es el mejor sistema para satisfacer las necesidades humanas, ¿por qué miles de millones de personas en el planeta malviven en la pobreza más absoluta careciendo de los bienes más elementales? ¿Por qué el número de pobres, en vez de disminuir, aumenta alarmantemente años tras año? Y es que en el capitalismo la población insolvente, es decir, la que no gana el dinero suficiente para entrar en el círculo del consumo, es una población excluida del sistema, sus necesidades no cuentan porque no son rentables. O incluso se puede decir más: para que las cuentas del capital sean rentables, es preciso que millones de personas se vean privadas de los bienes que cubren sus necesidades vitales. Dicho de otro modo, hay una relación causal directa entre crecimiento económico, de unos pocos, y empobrecimiento brutal, de unos muchos, es decir: el sistema, de por sí, genera pobreza y exclusión.

1.2. La injusta redistribución de la riqueza
Se podría argumentar, entonces, diciendo que puede que el capitalismo no consiga cubrir las necesidades básicas de todas las personas, pero que al menos crea la riqueza suficiente para que pueda llegar a alcanzarse ese objetivo. Sin embargo, y esta es la segunda sombra del capitalismo, es manifiesta su total incapacidad para distribuir la riqueza, al menos para distribuirla con equidad y justicia. Porque, si bien es cierto que el capitalismo crea riqueza, hablando en términos macroeconómicos, esa riqueza se queda en pocas manos y no llega a la mayoría de la gente. No es verdad que el capitalismo genere una amplia clase media. Eso puede ser así para una mirada miope que sólo atiende a las división social dentro de un país rico. Lo que el capitalismo logra, a escala mundial, es la polarización en dos clases cada vez más alejadas: pocos ricos cada vez más ricos, y muchos pobres cada vez más pobres.

1.3. La destrucción del planeta
En tercer lugar, también el capitalismo se olvida de las necesidades colectivas, aquellas que afectan a los pueblos y a la humanidad en su conjunto. El sistema empuja a producir todo tipo de objetos, bienes o servicios, independientemente de que sean realmente necesarios o humanizadores. Además, el afán de lucro conduce a aumentar la cantidad de la producción para disparar las ventas. En consecuencia, no importa lo que se vende sino que se venda, y que se venda cuanto más mejor. De este modo todo vale, y parece normal dilapidar los recursos limitados del planeta, agotando los minerales, las especies marinas, las reservas arbóreas, los suelos, o cualquier otro recurso susceptible de ser convertido en ganancia. Igualmente, no preocupa en exceso que la actividad económica contamine el planeta con sustancias nocivas de todo tipo hasta niveles que comprometen seriamente el futuro de las generaciones venideras. El bien común, las necesidades colectivas, simplemente, dejan de tenerse en consideración.

1.4. La deshumanización personal y social
Por último, el sistema económico está generando un tipo de persona poco humanizador y, por ende, una sociedad deshumanizada. Esta persona, engullida en la espiral de la competencia y el deseo de tener más y más, centra su vida en torno al consumo de los bienes materiales, el éxito y el ascenso en la escala social, desentendiéndose cada vez más de cuestiones tan importantes como el cuidado interior, las relaciones personales profundas o la ayuda a los demás.

Así pues, primero la búsqueda del máximo beneficio precisa la creación de millones de pobres. Luego, cuando se llega a un techo de consumidores y se necesita que millones de esos pobres pasen a consumidores, lo que se requiere es multiplicar la explotación y contaminación del plantea. Y mientras tanto, todos corriendo al ritmo y estilo de vida que marca el capital. Por eso, todas estas sombras que hemos citado tienen un denominador común: proceden del principio supremo y sagrado que hace del lucro el motor de la actividad económica; las empresas existen para generar ganancias, y el beneficio es el fin que justifica cualquier medio y el dios al que todo se le sacrifica.

2. EL CRITERIO FUNDAMENTAL: DINGIDAD Y DERECHOS HUMANOS

2.1. La dignidad humana
Lo que acabamos de presentar es un juicio ético sobre el capitalismo. Ahora bien, ¿qué criterio hemos seguido para emitir este juicio? Sin duda, toda valoración ética ha de estar bien fundamentada para que no sea sólo una opinión entre otras, para que sea capaz, con sus argumentos racionales, de hacer reflexionar a las personas y, llegado el caso, mover a una acción transformadora de la realidad.
Lo que nos proponemos en este segundo apartado es presentar los fundamentos básicos de esta valoración ética, aquellos principios que nos parecen evidentes, incuestionables e innegociables, de modo que situarse al margen o frente a ellos, sea considerado como injusto e inhumano y, en consecuencia, inadmisible. Por el lenguaje utilizado ya se intuye que el criterio fundamental es el mismo que sustenta todo el edificio de los Derechos Humanos: la dignidad de la persona.
Los Derechos Humanos, tal como señala la Declaración en el artículo 1, se basan en la igual dignidad que todas las personas tienen por el mero hecho de ser personas. ¿En qué consiste esa dignidad? La respuesta la dio Kant y se ha mantenido inalterable hasta nuestros días: la dignidad de la persona consiste en ser un fin en sí misma, de modo que todo lo demás es siempre un medio para dicho fin. Efectivamente, la persona no es una cosa, no es un objeto, y no puede ser tratada como tal. La persona es la realidad suprema sobre la tierra, cualitativamente distinta de todo lo demás, y esa excelsa e inigualable dignidad consiste en ser un fin en sí misma. Por eso se dice que la persona tiene valor pero no tiene precio. No hay dinero ni cosa alguna que pueda comprar o vender a la persona, siendo la persona la medida de todo lo que se pueda comprar o vender. Por eso afirma Machado en su obra Juan de Mairena que “por mucho que un hombre valga, nunca tendrá valor más alto que el de ser hombre”.
En conclusión, la base de los derechos humanos es la igual dignidad que poseen todas las personas, y dicha dignidad consiste en que la persona es un fin en sí misma y nunca un medio, esto es, todas las cosas son un medio que sirven a la persona y no al revés.
Entendido esto, entonces la pregunta es sencilla: ¿el actual sistema económico sirve a la persona o la utiliza como un medio? Esto es lo mismo que preguntarse si el actual sistema económico respeta o no la dignidad de la persona. Responderemos a esta pregunta examinando si el sistema económico respeta, valora y promueve los distintos derechos humanos en los que se concreta y visibiliza la dignidad de cada persona.

2.2. Derechos de segunda y tercera generación
Estamos afirmando abiertamente que el capitalismo vulnera de raíz, y por la dinámica de su propia esencia, los derechos humanos y la dignidad de la persona que éstos expresan. Somos conscientes de que plantear la crítica al capitalismo desde la defensa de los derechos humanos no es habitual, habida cuenta que el sistema económico actual se autoproclama heredero de aquel liberalismo que quiso poner en práctica las conquistas contenidas en aquella primera declaración de los derechos del hombre promulgados en la Revolución Francesa. Sin embargo, en aras de una mal entendida libertad, el liberalismo económico ha violado sistemáticamente los derechos que guardan relación con la igualdad y con la fraternidad (hoy llamada solidaridad). Dicho de otro modo: la defensa a ultranza de los derechos de primera generación (los centrados en el concepto de la libertad) han empujado a la ideología liberal a dejar de lado o incluso anular los derechos de segunda y tercera generación (aquellos centrados, respectivamente, en la igualdad y la solidaridad). Y no podemos olvidar que todos los derechos, sea de la generación que sean, lo son por igual. Todos ellos son considerados naturales (brotan de la naturaleza humana), inviolables (no es lícito privar a nadie de ellos), inalienables (ni siquiera el propio individuo puede arrancar de sí esos derechos) y universales (son válidos para todos los seres humanos sin excepción alguna).
Pero no podemos limitarnos a decir que todos los derechos son iguales, sino que es obligado ir más lejos y afirmar que los derechos de segunda y tercera generación son la condición previa que hacen posible los derechos de primera generación. Intentaremos explicar este punto.
Todos los derechos humanos (los escritos en la Declaración y los que aún están por ser formulados e incluidos) se resumen en uno: el ser humano tiene derecho a todo aquello que le permita desarrollarse plenamente como persona. Todos los derechos que promueven la libertad de la persona (política, jurídica, de expresión, reunión, etc.) no son reales si no van acompañados de otros que posibilitan dicha libertad. Con otras palabras: de nada sirve predicar que se es libre si no se poseen las condiciones económicas, sociales y culturales que posibiliten el ejercicio de esa libertad. De ahí la importancia de derechos como el derecho a la alimentación y el vestido, el derecho al trabajo, el derecho a un salario digno, el derecho a la vivienda, el derecho a la salud, el derecho a los servicios sociales, el derecho a la educación, el derecho al ocio y tiempo libre, el derecho al disfrute de los bienes culturales, etc. El cumplimiento de estos derechos es la condición indispensable para que se logren aquellos referentes a la libertad. Un correcto liberalismo debería atender al cumplimiento de estos derechos para alcanzar la libertad auténtica. Pero la pregunta es acuciante: ¿el actual sistema económico favorece estos derechos o más bien impide que buena parte de la población mundial disfrute de ellos?
Y si los derechos de segunda generación fueron descubiertos como condición posibilitante de los de primera generación, del mismo modo los derechos de tercera generación han aparecido en el horizonte como aquellos que hacen posible los de segunda generación. En efecto, el mundo es cada vez más consciente de los urgentes y graves problemas que aquejan a la humanidad y que impiden la realización de los derechos de segunda generación. Así por ejemplo, la terrible escisión del planeta entre países ricos y países pobres, el deterioro y la destrucción del medio ambiente, la evolución de la industria armamentística y la persistencia de las guerras, la extensión de las enfermedades a escala mundial, etc. Es evidente que para solucionar estos problemas no basta con que cada uno defienda sus derechos individuales, antes bien, es preciso defender unos derechos que lo son de todos. Por eso, la dignidad de la persona no es sólo una cuestión individual sino también colectiva: la dignidad lo es de todos los seres humanos a la vez, de modo que vivir con dignidad supone querer que todos los seres humanos vivan con esa misma dignidad, y responsabilizarse unos de otros en ese logro. Es así como se han formulado derechos tan importantes como el derecho al desarrollo, el derecho a un medio ambiente sano, el derecho a la paz, el derecho a la identidad cultural, etc. De nuevo la pregunta es inevitable: ¿el actual sistema económico promueve estos derechos o los conculca?

3. ASPECTOS CONCRETOS PARA UNA VALORACIÓN PRÁCTICA

Para saber si el sistema capitalista vigente promueve o destruye los derechos humanos habría que fijarse en algunos aspectos bien concretos, como son la finalidad empresarial, el trabajo, la propiedad, la empresa, el mercado, la mundialización y el desarrollo, y comparar lo que de hecho funciona dentro del sistema y lo que, en teoría, debería ser para salvaguardar la dignidad humana.

3.1. La finalidad económica
El criterio principal para valorar la actividad económica es preguntarse si ésta se encamina, como primer fin, a satisfacer las necesidades humanas. Todo el sistema económico debe ser juzgado por este criterio, el cual, a su vez, puede desglosarse en tres cuestiones que presentamos a continuación.
a) ¿Qué producir?
Deberían producirse todos aquellos bienes que permitan la satisfacción de las necesidades humanas, es decir, aquellos que posibiliten la humanización de la persona. Se trata, pues, de tener perseguir el desarrollo integral de la persona, cubriendo sus necesidades más materiales (alimento, vestido, vivienda, salud, etc.) como socio-culturales (educación, servicios culturales, ocio, etc.).
Desde esta finalidad, queda relegada a un plano secundario toda actividad que se encamine ante todo a incrementar la riqueza, a cubrir falsas necesidades creadas por afán de lucro, o, simplemente, que se deje guiar por el mecanismo ciego del mercado.
La idea fue muy bien expresada por Juan Pablo II cuando afirmó que “las necesidades de los pobres son de mayor prioridad que los deseos de los ricos; los derechos de los obreros son de mayor prioridad que el maximizar ganancias; la conservación del medio ambiente es de mayor prioridad que la expansión industrial desenfrenada; la producción para satisfacer las necesidades sociales es de mayor prioridad que la producción con propósitos militares” (Canadá, 1984).
b) ¿Cómo producir?
No sólo hay que producir para el bien de la persona, sino que la propia persona debe estar presente en el propio proceso de producción. ¿Qué significa esto?
En primer lugar, que el proceso productivo debe favorecer la humanización de la persona. Esto hace referencia a la tradicional oposición hombre-máquina, dialéctica que enfrenta a los trabajadores con la técnica desde la Revolución Industrial. Sin duda, la técnica es buena y necesaria, y ha contribuido al progreso de la humanidad. Pero si la técnica se implanta a espaldas de las necesidades de los trabajadores, con la única intención de aumentar la producción, mecanizando la labor humana y anulando los puestos de trabajo, se convierte en un instrumento de explotación y alienación. Con frecuencia la técnica hace la vida del hombre más inhumana. Se impone, por tanto, un uso de la técnica que esté al servicio del trabajador y no al revés.
En segundo lugar, la pregunta sobre cómo producir apunta a ue la persona debe estar implicada en el proceso de producción. Esta afirmación subraya la necesidad de que el capital y el trabajo, en vez de ser rivales enfrentados, colaboren mutuamente. Por tanto, hay que buscar la manera de que los trabajadores participen en la empresa, tanto el capital como en la gestión.
c) ¿Para quién producir?
Cuando nos preguntamos para quién producir nos estamos interrogando por la justa distribución de los bienes. Esta distribución no puede quedar a merced del mercado, dado que éste no sólo se ha mostrado incapaz de satisfacer las necesidades de todas las personas, sino que por su propio mecanismo interno distribuye los bienes de manera desigual. Sin embargo, el criterio ético fundamental es que hay un derecho común de todos a usar los bienes del planeta, los cuales son bienes precisamente en virtud del trabajo. Por tanto, la actividad económica debe tener como fin producir para todos, ya que el objetivo es que a nadie le falte de nada. Se precisa, pues, una justa distribución que logre que los bienes se repartan más equitativamente.

3.2. El trabajo
El trabajo no es simplemente un medio para ganarse la vida ni, mucho menos, un instrumento del capital para obtener beneficios. El trabajo es un medio de realización personal a través de la actividad productiva, vehículo de integración y participación social y modo de contribución al desarrollo común. El trabajo ocupa un lugar central en la vida humana de cara a su plena realización tanto personal como social. Tanto es así que el trabajo es un derecho fundamental. Este derecho debe ser satisfecho, y debe serlo, además, de una determinada manera: salario justo, condiciones laborales dignas, sindicación, etc. Por consiguiente, es un fin en sí mismo, de máxima prioridad, que la actividad económica busque por todos los medios proporcionar trabajo digno a las personas, de modo que a nadie le falte.
Pero aún decimos más: la realización de la persona a través del trabajo implica que ésta pueda participar directamente en el proceso productivo tanto en la propiedad de los medios (copropiedad) como en la marcha de la empresa (cogestión). De este modo, el trabajo se convierte en la manera de participar en el capital y en la dirección de la actividad económica.
Cuando un sistema económico sólo oferta puestos de trabajo como medio para generar beneficios y prescinde de los mismos cuando el beneficio es menor, paga sueldos de miseria, aumenta la jornada en interminables horas, limita el disfrute de los días vacacionales, se penaliza la expresión sindical, se realiza en condiciones insalubres, etc., puede ser tildado sin ninguna duda de injusto y del todo rechazable. Toda actividad económica que analicemos deberá someterse al examen del trabajo: ¿está generando empleo?, ¿en qué condiciones?

3.3. La propiedad
Sabemos que hablar de la propiedad es muy delicado, y que en torno a ella se han producido los debates más agrios y los enfrentamientos más violentos. No estamos en contra de la propiedad privada, pero tampoco aceptamos que sea un valor absoluto por encima de los derechos humanos. La propiedad es positiva en el sentido de que confiere libertad y autonomía al individuo para su realización personal. Sin embargo, el poseer ha demostrado ser el mayor enemigo del ser en un doble sentido: al perseguir unos la propiedad de los bienes han tergiversado su auténtica realización humana y, al mismo tiempo, han hecho que muchas personas se vean privadas de la posesión de los mínimos para realizarse a su vez.
Por consiguiente, consideramos que la propiedad es un bien relativo, es decir, guarda relación con algo: ese algo es el bien común. La propiedad individual de los bienes debe enmarcarse en el deber de justicia según el cual todas las personas tienen derecho a poseer una parte de bienes suficientes para su realización. Así pues, debe evaluarse la distribución, posesión y disfrute de los bienes, los ingresos y las riquezas en la sociedad a la luz de su impacto sobre las personas cuyas necesidades quedan sin satisfacer. Desde este criterio, toda propiedad es relativa y ha de estar abierta al servicio común.

3.4. La empresa
Esta reflexión parte de un punto innegociable: no se puede tolerar la explotación del trabajo por parte del capital, que es lo que ocurre en el capitalismo, especialmente en su versión más liberal, como la que preside nuestro actual sistema económico. Las anteriores reflexiones en torno al trabajo y la propiedad nos abren ya el camino para un replanteamiento del concepto de empresa centrado en la propiedad común de los medios de producción.
En efecto, si el trabajo, para que sea humanizador, debe permitir al trabajador participar en el proceso productivo, tanto en el capital como en la dirección, y si, a su vez, la propiedad es relativa y ha de servir a la realización de todas las personas, se entiende entonces que un modelo deseable de empresa sea aquel en el que capital y trabajo cooperen solidariamente en el desarrollo de la actividad económica.
Esta organización solidaria de la actividad económica se refiere, como ya ha sido apuntado anteriormente, a un doble nivel:
a) Copropiedad: es la participación de los trabajadores en el capital de la empresa. Esta participación hace que el trabajador comparta los riesgos empresariales, pero también sus beneficios, dado que el capital no debe instrumentalizar al trabajador para maximizar sus ganancias. b) Cogestión: es la participación de los trabajadores en la dirección de la empresa. El trabajador se convierte en alguien con voz y voto, no es un “algo” que se equipara con un bien inmueble, una máquina o cualquier otro elemento de producción. Es alguien que interactúa con otros, que se prepara y se forma, que dialoga, que se corresponsabiliza, que decide, en definitiva, que actúa y se realiza como persona.

3.5. El mercado
Al mencionar el mercado entramos en el sancta sanctorum del sistema capitalista, el tótem sagrado que todo lo vigila, todo lo sabe y todo lo ordena: es dios. Y, sin embargo, creemos que ahí radica el problema, en la consideración sagrada del mercado. Por eso, proponemos que el mercado sea sometido a un marco de leyes establecidas por el estado que garanticen y promuevan los derechos fundamentales de las personas. El principio general, una vez más, es el mismo: el mercado ha de contribuir al desarrollo humano de todas las personas y pueblos, y según este criterio deberá regularse.
En este sentido tendremos que decir que el mercado deberá atender a la demanda no solvente, es decir, cubrir las necesidades de aquellas personas que están en peor situación; el mercado deberá negar su espacio a los productos creados para satisfacer falsas necesidades artificiales, al menos hasta que no se cumpla el primer objetivo: el mercado deberá dejarse legislar por el estado para que se garanticen los salarios justos y los derechos de los trabajadores; el mercado aceptará el control de competencia para sustituir la codicia e individualismo por la solidaridad social.

3.6. La mundialización
Una de las características más definitorias de nuestro tiempo es la mundialización de la economía (reservamos el término globalización para un fenómeno más amplio que incluye la dimensión cultural). El sistema económico actual supone apertura y transmisión de corrientes de bienes, capitales, personas y técnicas. Las decisiones tomadas en un lugar afectan a todo el planeta, y lo que sucede en cualquier punto del globo tiene su origen en un sistema que abarca al conjunto de la realidad.
Pero esta mundialización, lejos de redundar en el beneficio de toda la humanidad, ha provocado desigualdades aún mayores, más escandalosas y sangrantes. El injusto abismo entre Norte y Sur es fruto directo del sistema comercial internacional, encabezado por las empresas multinacionales. En efecto, “la empresa multinacional, conducida por unos gestores sin escrúpulos, sin consideración de los derechos humanos, sin respeto a las vivencias sociales y culturales de la comunidad en que se instalan, son fuente de perversión en donde se puede detectar su afán de ganancia exclusiva y la sed de poder con el propósito de imponer a los demás la propia voluntad, y suele derivarse corrupción en las estructuras y en los responsables de los países que las reciben, y humillación y negación del pueblo al que someten” (VV.AA. Doctrina social de la Iglesia, 303).
Por consiguiente, hace falta una reforma urgente y radical de la mundialización que pasar por las siguientes propuestas:
Lograr que en los organismos internacionales estén representados los intereses de todos los pueblos y países, y que a la hora de valorar las decisiones, se tomen precisamente en consideración las de aquellos que tienen menor peso en el mercado internacional.
Conseguir un acceso equitativo al mercado internacional, impidiendo, en primer lugar, que sean los mercados del Norte quienes fijen los precios, siempre a la baja, hundiendo los beneficios de los países pobres, y segundo, superando el nuevo proteccionismo que, paradójicamente, protege al Norte contra los productos del Sur.
Reformar el sistema monetario y financiero mundial: ante todo, eliminando el indecente escándalo de la deuda externa mediante su condonación; posteriormente, procurando que el interés y la duración de un préstamo sea soportable y que a los países deudores no se les impongan modificaciones en su estructura social o tengan que aceptar injerencias en su política.
Regular los intercambios de las tecnologías, ya que la situación no se invertirá hasta que los países del Sur dejen de ser tecnológicamente dependientes del Norte. Es imprescindible que personas y pueblos enteros sean formados adecuadamente para acceder a las nuevas tecnologías y manejarlas en beneficio propio.


4. BATERÍA DE PREGUNTAS

Actualmente, en la mayoría de los casos, la ciencia está al servicio de la economía y sirve a sus intereses, aunque con frecuencia sea a su pesar. Por eso, detrás de cada cuestión científica hay una actividad económica: la explotación energética, la fabricación de fármacos, los servicios terapéuticos por vía genética, la producción alimentaria, etc. Todas estas actividades económicas deberán ser sometidas a una batería de preguntas cuyo objetivo es valorar éticamente dicha actividad. Esta valoración ética es imprescindible si queremos que esa actividad sea verdaderamente humana y humanizadora. Proponemos las siguientes cuestiones:

Esa actividad económica...

  • ¿Respeta y promueva la dignidad de la persona, o utiliza a la persona como un simple medio?
  • Dicho de otra manera, ¿favorece o impide la consecución de los derechos de segunda generación, como son el alimento, la vivienda, el agua, la educación, la salud, el trabajo, etc.?
  • ¿Qué se está produciendo? ¿Cuál es el producto que se quiere obtener? ¿Es necesario? ¿Y es prioritario?¿A quién se dirige su venta? ¿Dónde y quién lo va a comprar?
  • ¿Cómo se ha obtenido el producto? ¿Cómo ha afectado su producción al medio ambiente? ¿Cómo ha afectado su producción a la comunidad humana en la que ha sido producido?
  • ¿Quién se va a embolsar los beneficios de su venta? ¿Se van a reinvertir estos beneficios? ¿En qué?
  • ¿Qué empleos está generando? ¿Qué empleos está destruyendo? Si ha generado empleos, ¿en qué condiciones laborales? ¿Cómo son tratados los trabajadores? ¿Qué sueldos cobran? ¿Tienen libertad de asociación y expresión?
  • ¿Quién y dónde ha fijado los precios de la materia prima? ¿Qué tipos de aranceles e impuestos van gravando posteriormente al producto? ¿Qué intermediarios intervienen en su transporte, almacenamiento y distribución? ¿Cuál es su precio final?
  • ¿Hay unas leyes que regulen esta actividad? ¿Son nacionales o internacionales? ¿Quién las ha dictado y qué dicen? ¿Son útiles? ¿Son respetadas?
  • ¿Qué reformas económicas se han impuesto al lugar donde se realiza la actividad?
  • ¿Qué tecnología requiere? ¿Quién la suministra? ¿Quién la maneja?

                                                                                                     José Luis Quirós

1 comentario:

  1. vaamos ya jose luis, buena entrada :)
    y aupa cultura clasica que ha estado bonita este año, jaja

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Tranquilo, en breve estudiamos tu caso...